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Cindy Ramírez: “El mágico mundo de los fiordos”

Race Report Ultra Fiord 100 Km

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Foto: Walter Alvial



Resumen_Entrevista_Cindy_Ramirez_0025Ese viernes una parte de mí deseaba estar acostada, tapada hasta las orejas y en lo posible comiendo chocolate (las mujeres me entenderán). ¡Pero no! A las 8 de la mañana me embarqué en el ferry que me llevaría a Estancia Balmaceda para desde ahí internarme a atravesar “el mágico mundo de los fiordos”.

El día anterior, la organización nos informó que por problemas de permiso en unos predios hubo una modificación en el circuito y nos aumentaron los kilómetros a recorrer. Cinco días atrás habían cambiado el punto de partida y retrasaron la hora de largada. No me iba a poner difícil, me adapté a los nuevos términos y luego de desembarcar en una gélida “Balmaceda” a las 11:30 de la mañana, estaba lista para partir.

Antes de hacerlo debí mostrar todo mi equipamiento obligatorio (chaqueta de pluma, crampones, gafas, botiquín completo, pantalón largo, gorro, 2 linternas, pilas, manta de supervivencia) más mis geles, cosas dulces e hidratación. Hasta hoy no sé cómo logré poner todo eso en la mochila, sin contar que debíamos portar una especie de libreta pequeña, la que marcarían en cada punto de control. También supe que Marlene Flores se había perdido en sus 100 millas y ahora correría los 100 km. Luego del shock pensé que con la ventaja que me estaba dando (kms recorridos y noche sin dormir) era mi oportunidad de poder llevarla “cortita” en una carrera.


Tras abrazos llenos de energía intercambiados con el resto de los competidores, y partimos. 




Los 100 km de Fiord



Fot: Mikel Leal

Fot: Mikel Leal


A pesar del frío todo estaba despejado, para mi fortuna podría conocer lo que por 2 años sólo imaginé. Comenzamos subiendo y en cada kilómetro el paisaje se tornaba más irreal. Tal vez lo hace mágico lo salvaje, inhóspito, lo agreste y aislado que está de cualquier sitio habitado.


Correr por ahí no es un paseo, no sólo debes querer correr, sino saber correr por entre morrena, piedras mojadas, kilometros de barro y turba, tramo de glaciar con hielo y grietas, ríos, bosque y más bosque hasta que se haga la noche, claramente el desnivel no es la dificultad de la carrera.

Mientras ascendía, mis ojos se deleitaron con la vista, pero mi cuerpo sufría, me costó como nunca y quedé atrás. Al rato corrí sobre unas piedras, un lugar precioso que antecede el paso por el glaciar y primer punto de control. Aquí firmaban tu libretita y debías mostrar tus crampones. Seguí subiendo y llegué a “la cuerda” donde debías bajar unos cuantos metros afirmada de una soga y de a uno. En ese momento alcancé a varios mientras esperaban su turno para bajar. Llegó mi turno y me di cuenta lo torpe que soy para esas cosas. Llegué abajo y ahora sí comenzaba la subida al glaciar. Me puse los crampones y con todo mi entusiasmo comencé a trepar.


Hacia el mágico mundo de los fiordos



Foto: Alonso Tapia

Foto: Alonso Tapia


Lo que vi desde arriba es difícil describirlo en palabras, resumiendo vi el Lago Brush, Río Serrano, Campo de Hielo Sur, Glaciar Grey y la Cordillera del Paine inmersos todos en una mezcla sorprendente de colores. Justo ahí comí el chocolate que tanto quería comer acostada tapada hasta las orejas, sólo había cambiado la cama por la cima de un glaciar. Fue un chocolate muy “pituco” que me dio un amigo muy querido cuando me visitó días antes en la Expo Running del Entel Maratón de Santiago.


Ahora comenzaba la bajada, esta era muy técnica porque primero era sólo nieve, luego piedras con mucho filo y una hermosa laguna que le daba el “toque”, para así llegar a una meseta de rocas (donde estaba el segundo punto de control) y terminar en un resbalín de barro y turba que conducía al “bosque encantado”.

Al avanzar un poco encontré el primer punto de abastecimiento, moría por algo salado y fue el momento ideal para tomar una sopa de fideos, aquí también firmaron mi libreta. Avancé trotando firme por el bosque con la convicción de alcanzar a las 3 mujeres que se me habían escapado.

A la primera que alcance fue a Marlene (ya sin ganas) muy cerca del segundo punto de abastecimiento. Al llegar comí galletas mientras un militar firmaba mi libreta, me despedí y seguí mi camino. Quería llegar con luz de día a “Perales”, quería salir del bosque verde y húmedo antes del anochecer y lo logré. Justo al ocaso del día divisé las luces de la estancia y corrí con todas mis ganas. Atravesé el río y listo, la primera parte estaba hecha.

Al ingresar a la estancia la puntera iba saliendo (yo aún debía cambiarme y comer), pero al entrar, para mi sorpresa, había varios hombres que me dejaron atrás los primeros kilómetros y entre ellos, dos de mis amigos y mi novio. Reordené mi mochila, me cambié la parte superior de mi ropa y comí. Aquí fue donde extrañé la comida que tenían el año pasado, porque en esta oportunidad sólo hubo una especie de carbonada muy aguachenta y sopa. En eso se va la segunda corredora.

Yo salí casi 40 minutos después para comenzar la segunda parte de mi carrera, donde fueron casi 70 km mucho más planos y menos rudos que el comienzo y sin pasos de agua supuestamente.


 


En búsqueda de las punteras



Foto: Anne-Marie Dunhill

Foto: Anne-Marie Dunhill


Corrí con la fija idea de remontar posiciones, porque hasta ese momento iba tercera. Me acomodó el camino de tierra, me despegué de mi novio y de nuestro amigo, porque 20 km más adelante estaba el siguiente punto de control y abastecimiento, donde tomé un plátano y seguí. Unos kilómetros más y volví a tomar un sendero. A esas alturas de la carrera, la noche reinaba. Desde aquí se hizo más ameno el tranco pues conseguí una buena compañía, “Toñito Paredes”. Corrimos bastante kilómetros, incluso juntos logramos encontrar el camino que bordeaba una laguna, pues ni idea de lo que sucedió con las marcas.


Avanzamos firme y alcanzamos a la segunda de las mujeres, la pasamos y a cada metro sentía más distante su respiración. Avanzabamos, trotamos y caminamos a través de esa pampa interminable. Toñito se fue quedando y yo seguí. Llegué a otro punto de control y abastecimiento, y como en todos los anteriores, aquí también me firmaron la libreta. Nuevamente debí conformarme con un plátano. Mi cuerpo ya no toleraba los geles que me quedaban.

Continúe mi trote y alcancé a un grupo de 3 corredores: Oscar Olguín (quien corrió las 100 millas), José Miguel (de los 100 km) y Jacqueline (la puntera de mi prueba). Y me hizo feliz poder alcanzarla. Seguimos acompañados unos kilómetros, a ratos se nos perdían las marcas y era más fácil encontrarlas en grupo. Atravesamos una calle y nos quedaban los últimos 30 km.

Fue la mitad de este tramo el que más me costó y fue ahí cuando Jaqueline se alejó. Los chicos quedaron atrás y yo comencé a sentir más hambre y frío (considerando que yo por lo general siempre siento hambre, así que imaginen mi estado en ese momento). Me quedaba un gel pero ya no lo toleraba. Sólo quería algo salado, mi jamón serrano lo había comido bastantes kilómetros atrás, seguí firme pero sin fuerzas. Perdí las marcas y tiempo. Debí esperar a quien venía atrás porque 4 ojos ven mejor que 2. Así fue que me alcanzó Toñito y José Miguel, con quienes nos dividimos y encontramos las marcas que seguían. Continuamos y  mientras buscábamos, encontramos una estaca sobre un árbol y otra entre medio de un arbusto.




Hacia la meta

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Foto: Anne-Marie Dunhill



Hasta que llegamos al penúltimo punto, donde tomé un chocolate y continuamos. Mis compañeros me ayudaron a abrigarme un poco más y los dejé ir. Al rato me alcanzó Oscar Olguin y ya estábamos muy cerca del último punto que estaba a 7 km de la meta. Acordamos no botar a la basura tamaño esfuerzo de ambos y cruzar la meta a toda costa. A estas alturas el sueño quería vencernos. Mientras nos firmaban por última vez nuestras libretas nos tomamos una Coca-Cola completa a medias con Óscar. Ese fue nuestro combustible para correr el único tramo de pavimento mientras veíamos Natales y sus luces en todo su esplendor. Antes del amanecer, pasado las 6:30 am, alcanzamos la meta. Llegamos sexto y segunda en la general de nuestras respectivas distancias. Nos esperaban no más de 4 personas más la novia de Oscar. Una foto, nuestras medallas, abrazos y al fin a descansar.


Así fue mi Ultra Fiord, esa carrera que mezcla el trail y la aventura, esa de una belleza inconmensurable y hostilidad palpable. La misma que me dejó esa sensación rara de haber alcanzado a la primera y perderla en el intento.

Y del mágico mundo de los fiordos regresé al mundo real, al realmente importante, aquel donde me espera mi hijo, mi trabajo con pega pendiente y mi hogar con un alto de ropa que lavar y un sin fin de tareas domésticas por hacer.




Cindy Ramírez

Trail Runner Under Armour

Martes 18 de abril de 2017

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